domingo, 7 de julio de 2013

El desierto del Tatacoa


Estoy sentado en una mecedora en medio de lo conocido como el desierto del Tatacoa. Oigo unos caballos comer, oigo alejados unos niños jugar a algún juego con números, sopla una brisa suave, la noche me acompaña y una fría cerveza, y en incesante vaivén levanto la vista hacia este cielo tan despejado como exuberantemente estrellado y bajo la vista y escribo. Habría que ser necio para pensar que se puede ser más rico que alguien que ve al mismo tiempo en el cielo "la cruz del sur" y "la estrella polar", majestuosamente señalada por el final del "carro de la osa" cuando sumamos cinco veces la distancia entre las estrellas Merak y Dube. Esto no es un cielo: es un epustuflante espectáculo y una ofrenda de la naturaleza al humano, en la forma del fuego de una inefable lluvia de estrellas...
Viajo ahora con una francesa, Amandine, y con Mauricio, un colombiano que es muy buena persona y que me habla de ovnis, de dioses y de causalidad, bajo este tan sugerente traje de luces cósmico. Yo le contesto que no creo en dioses, que otras vidas deben existir pero que jamás vinieron de visita, que creo en la casualidad y que creo en el fin tras la  muerte, y que es justamente la consciencia de ese temporal e insignificante momento que es la vida, la que me da tanta fuerza para vivirla tan intensamente y que no necesito ninguna explicación trascendente para ser consciente tanto de mi pequeñez vital, como de la enorme grandeza inexplicable de la vulnerable invulnerabilidad de vivir este momento. Yo no le convenzo, ni él a mí tampoco.  Sin embargo, me gusta que esté aquí. Algo que me gusta de viajar en este país, es que de algún modo, siempre estoy con colombianos y que no tengo que compartir mis momentos con turistas, que podrían enseñarme muchas menos cosas sobre estos lugares y culturas.
Vuelvo a mirar al cielo y a lo lejos se divisa una muy activa tormenta eléctrica que creía que jamás llegaría y que luego me contaron que en este desierto puede llegar, que llueve a veces, porque es un desierto tropical semiárido.  Alguien pasa en uno de los escasos coches que transitan el camino de tierra y suena salsa desde los altavoces del automóvil, lo cual es otra de las cosas que me encantan de viajar por Colombia, como ya me gustaba de viajar por Ecuador. También puede sonar mala música; hay vallenato, hay reggaetón, hay  música electrónica y malos músicos, claro. Pero muchas veces suena salsa, y la salsa compensa cuando suena, por todos esos momentos que yo considero como "contaminación acústica" de la música para oídos inexpertos ¡Qué placer da viajar por un país en que a menudo pasa buena música por la radio y donde la gente la vive tan intensamente!
Vuelvo a mirar al cielo, cada vez más poblado de estrellas, y al tiempo que reconozco algunas constelaciones y algún planeta, reconozco también que me lo estoy pasando genial en este viaje, y que si lo paso tan bien es, de una parte, gracias a sus paisajes, a sus lugares-que-ver, pero es ante todo por sus gentes. Sé que me repito, que ya lo dije en otro post, pero es que salí enamorado de la gente de Ecuador, y sigo igualmente enamorado de la gente de Colombia. Estos latinos son maravillosos, con sus sonrisas, con su fuerza para vivir, con su espíritu solidario, con su curiosidad educada que pregunta de dónde vienes, que hacen no sentir solo, con sus ganas reales de saber quién eres, de compartir buenos momentos. Llevo dos semanas de viaje por esta parte del mundo y creo ya estar en la certeza de que este viaje lo guardaré en la estantería de "los mejores viajes", de esos que se recuerdan cuando faltan las fuerzas para vivir el hastío del día a día, de esos que despejan las tormentas y hacen aparecer el sol de las sonrisas, en los días tristes.
Hay solamente algo que no me gusta de viajar por este país, y es que el transporte es muy caro, en consecuencia de la falta de petróleo. El precio por comer es irrisorio; se pueden comer copiosos platos por menos de tres euros cada vez, pero se viaja por una cantidad de dinero enorme comparado con el precio de la comida y del alojamiento. Además, las carreteras son muy accidentadas por la orografía y eso convierte trayectos de doscientos kilómetros en cinco horas de viaje. De todas formas eso no cambia incluso la sensación de que podría quedarme a vivir aquí.
Vuelvo a mirar al cielo y los grillos silvan tan fuerte que ya no oigo a los niños que jugaban, estoy solo y la tormenta eléctrica se aleja y despeja cada vez más. En la mañana visité las maravillosas formaciones rocosas de este desierto rojo, de insensibles grietas arañando la tierra de cactus preciosos. Mañana me marcharé a la zona cafetera, cerca de Armenia, donde me hospeda un chico de Couchsurfing y al final de la semana estaré en Cali, donde tengo muchas ganas de ir, por lo tanto que me habló de la ciudad mi buena amiga caleña Johana Ciro, que vive ahora en València. Miro por última vez al cielo, me siento muy afortunado, y viene a mí una y otra vez una frase que me dijo una vez un vasco en otro desierto, el Wadi Rum de Jordania, donde estaba también con mi padre, y que dice que "los ricos pueden dormir en hoteles de 5 estrellas, pero que los pobres pueden a veces dormir en hoteles de millones de estrellas".

!Que los grillos bailen salsa con los astros en vuestros sueños, yo no tengo que soñarlo, sólo mirar, así que dormiré con los ojos abiertos! ¡Buenas y deliciosas noches desde la tierra del sabor!

No hay comentarios:

Publicar un comentario