Confieso que hace mucho que no escribo, lo sé, pero es que en este viaje no tengo tantas ocasiones. La cuestión es que en cualquier otro de mis viajes, sacar el ordenador a la vista de la gente no suponía ningún problema. Digamos, que en esta parte del mundo, si a alguien le gusta tu ordenador, puedes tener un problema.
Me encuentro ahora mismo en Colombia. Y debo admitir que la entrada en Colombia me daba más respeto que la de otros países: los cárteles de Medellín y Cali, la lucha por el control de la coca, la guerrilla en la selva, los paramilitares para acabar con la guerrilla, los secuestros, la violencia en las calles, los robos a mano armada, etc. Causan respeto. Sobretodo si nada más entrar, conoces a un sociólogo, como me ha ocurrido a mí, justamente especializado en el problema de la violencia en Colombia. Me contó cómo de niño en su casa de Cali, estalló una bomba contra una de las oficinas del Cartel. Era una guerra en la que incluso había escuelas de sicarios para poder acabar con enemigos o competidores, por no más de cincuenta dólares. Es el injusto valor que a veces se da a la vida. Colombia causa respeto, sí. En todos los transportes que me monté hoy, en cualquier momento surgió el tema de la violencia, de los robos, de los atracos.
Hoy viajé en lo conocido como el trampolín de la muerte, que es una carretera en muy mal estado, en donde hay muchos accidentes, y en donde encima, también hay muchos atracos a mano armada. Me costaba creer pese a todo, que toda esa violencia suceda en un país en donde sus gentes son tan sonrientes y amables, tan acogedores. Desde que entré al país, todo el mundo me trata súper bien, todo el mundo conversa conmigo, me ayuda, y me salen amigos por todas partes. Algo que me sorprendió también, viniendo de Ecuador, es la diferencia en la que se encuentran ambos países, en cuestión de limpieza de las calles, de buenas carreteras, de seguridad, de pobreza. Y me atrevería a decir, con lo poco que he visto, que el sistema socialista de Correa funciona mil veces mejor que el Colombiano. Y pese a todo, quizás sea injusto comparar, porque la historia de ambos países es muy distinta y quizás Ecuador no tuvo que resolver los graves problemas que tuvo que resolver Colombia, y que son muchos.
Ahora bien, no todo son puntos negativos -quería escribir esta parte al final, para no dejar un tan mal sabor de boca-, y es que Colombia es precioso. Hoy crucé la frontera y me vine directo hacia San Agustín, donde hay unas muy conocidas ruinas de hace cinco mil años de antigüedad, y de camino aquí creo haber visto unos de los paisajes más bellos que jamás vi en la vida. Jamás vi una vegetación tan frondosa, entre montañas tan altas, con valles jugando a romper tanto y tanto desnivel, con tanta planta y tanto árbol luchando por conseguir crecer, por conseguir ser vistos. Y también es cierto que el mismo sociólogo que me habló de la violencia en Colombia, me habló a su vez de sus platos, y me recomendó probar unos cuantos. Le dije que iba a ir a Cali y me dijo que estaba yendo al centro mundial del sabor, y es que dicen que Cali es la capital mundial de la salsa, y aquí el baile es toda una institución y todo el mundo lo baila y todo el mundo lo entiende. Yo por mi parte ya he dado mis primeros pasitos en salsa, pero ¡qué difícil es! En fin, a ver si al final de este viaje, por países tan salseros, puedo al final decir que aprendí alguna cosa de este delicioso baile.
Ya dejé Ecuador, y volveré dentro de tres semanas. Decidí hacerlo así para poder viajar una semana con una amiga ecuatoriana, Raquel Alay. Y tampoco me puedo olvidar de la gente que conocí en Guayaquil: de Raquel, por supuesto, pero tampoco de Leonardo, que me acogió durante unos cuatro días en su casa, y que no siendo bastante, él y sus amigos me pagaron un restaurante magnífico de marisco ¡Cómo sentí tener tanto sueño el día que me invitaron y parecer un asocial, cuando lo que pasaba en realidad era que estaba muerto de sueño de haber salido de fiesta un día antes a la playa en Ecuador y pasar la noche bailando y bebiendo! ¡Me dormía de pie!
Ah, en fin, lo estoy pasando bien. Colombia se abre ante mí con perspectivas diferentes a las de Ecuador, pero tan interesantes las unas como las otras. Espero pasarlo aquí tan bien como lo pasé en Ecuador, espero que este país que es pólvora y belleza al mismo tiempo, que es la mecha encendida de un cohete de fuegos artificiales, me regale al estallar esas bellas formas que ya me ha regalado Ecuador, que me regale fotografías mentales; instantes y abrazos que poder recordar, que poder contar algún día, y que pueda yo seguir pensando que este mundo es precioso, que la vida es salsa, y que esta vida mía fue un baile tan enérgico como maravilloso...
¡Salsa y más salsa!
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