lunes, 24 de junio de 2013

De vuelos y de nuevas sensaciones


Me encuentro en un vuelo transoceánico, atravesando el atlántico norte destino a Guayaquil, vía Miami. La mochila, que está en la bodega más llena que nunca, con sus crujientes cremalleras resistiendo todos y cada uno de mis caprichos, creo que va ante todo cargada de ilusión; de un entusiasmo seguramente mayor que la altura en metros que ahora mismo me separa del suelo. Pero también de curiosidad, de intriga, y al mismo tiempo, como no podría ser de otro modo cada vez que nos lanzamos hacia lo incierto, lo desconocido; de ciertras inquietudes. Que a muchos asustan, pero que a mí me hacen sentir rabiosamente vivo, y que supongo que se irán diluyendo o transformando, una vez el primer pie puesto en tierra.Me encuentro en un trayecto transatlántico y pienso ahora en lo cortas que son las distancias en la actualidad y en  cuántos cambios ha traído al respecto ese "buen mal" por todos conocido como "el progreso". Cuando los primeros conquistadores llegaron a las tierras hacia las que me dirijo, Colón pensó que conseguiría su objetivo en quince días. Llegó en un mes, y debió para hacerlo, prometer a sus marineros amotinados por el miedo y las penurias del viaje, que si en tres días no había signo de tierra firme, la expedición daría media vuelta. En la mañana siguiente al día del motín, la casualidad quiso que un marinero avistara una gaviota, y esa misma casualidad quiso que Colón llegara a ese nuevo continente -que él esperaba que fuera la India y no lo fue-, tres días más tarde.
Me encuentro en medio de un vuelo transoceánico, y voy a tardar menos de nueve horas en cruzar ese charco misterioso, y casi maldito, tan cargado de connotaciones, de historias, testigo de grandezas y de imperios ahogados en el fondo de sus abismos, que la primera vez costó un mes de atravesar y que yo atravesaré mientras escribo estas letras, en sólo nueve horas. Voy a pasar dos meses y medio entre Ecuador, Colombia y Venezuela y surco ahora los cielos hacia mi destino, y tengo que confesar, por muy ingenuo que pueda parecer, que me siento un poco como uno de esos primeros marineros de las naves de colón. Después de todo, ellos como yo iban en viaje hacia lo incierto. Me encuentro en medio de un vuelo transoceánico, transatlántico, y esta noche,que tendrá un día siete horas más largo para mí, dormiré en Guayaquil, Ecuador, o en un autobús destino a Loja. Destino, como digo, hacia lo incierto.


¡Pronto os cuento mis historias!

II

Llegué a Ecuador y me pasaron cosas que me hicieron recordar aquello que decía Michel Foucault. Decía él, que cuando llegamos a un país, ya nada más llegar, el primer taxista que encontramos, ya nos habla con sus palabras de los temas que se tratan en el país. Entonces, decía él, que no hace falta ir a encontrar la gente más cultivada de un país, un simple taxista te pondrá al corriente de las cosas que ocurren, de los temas, y ese conocimiento se irá cumplimentando con cada persona que se encuentre más tarde.
Pues bien, a mí me pasó que ates de bajar del avión, conocí a una mujer muy simpática, que me ayudó mucho, y que era concejal para Correa en una ciudad llamada el Loro. Y me pasó que en cuanto bajé del avión y tomé un taxi, y el taxista me dió un discurso entusiasmado a favor del presidente y contra los oligarcas y corruptos que empobrecían antes al país. Y mientras llegaba a la casa de Leonardo, un couchsurfer de muy buen rollo, que me aloja, vi murales dando el pésame a Hugo Chávez. Podéis imaginar entonces el entusiasmo y las espectativas de conocimiento, que se sentía abrirse, ya desde los primeros minutos. Hace años que no viajaba a un país donde puedo hablar la lengua de todo el mundo y esto es tan genial... entender a taxistas, camareras, policías... Abre un espectro enorme de conocimiento, pero también de diversión, de entretenimiento.
Estoy ahora en casa de Leonardo, y me voy a tomar un tren nocturno hacia Loja. Este día visité Guayaquil, que me gustó mucho más de lo que podía pensar. Siento que estos países me van a enganchar mucho. Hay gente genial, que ya encontré. El deporte nacional es decirme que todo está cargado de peligros, pero luego todo el mundo me ayuda mcho, para que no me pase nada. Me recuerda a cuando estaba en Kazahstan y ocurría lo mismo. La verdad es que yo no vi ningún peligro... Espero que siga así.

Estoy muy bien, la verdad, estoy en mi salsa, lo sabéis, en la salsa de los antiguos Incas, y pienso bailar con ellos esa salsa marchosa de los Incas que bailan salsa...

¡Hasta el próximo baile!

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